miércoles, 12 de agosto de 2009

Del gigante que murió encerrado





La soberbia, esa característica tan humana que se desarrolla tanto en los habladores. Los mexicanos la hemos sentido y ahora es más de los gringos que de nosotros. Días antes del trascendente partido en el Azteca, México aplastó 5-0 al combinado "B" gringo en la final de la Copa Oro. El triunfo, demeritado por gran parte de la prensa mexicana y por los titulares de la selección americana, más que otra cosa, funcionó como inyección al ánimo de los jugadores y en especial del público azteca.

Hoy, con los ingredientes puestos, ocurrió lo que tenía que ocurrir. México, fiel a su estilo, ganó el partido que quizá sea el catalizador que lo lleve a las tardes de antaño que eran una rutina. Claro, no será fácil, y he de sostener que, creo que hará varias fluctuaciones entre liderazgos entre el 2do y el 3er país más grande de la CONCACAF.

Y digo fiel a su estilo, porque México sufrió lo que no debería haber sufrido. Parece ser, y a los retraros sociológicos me remito, que los mexicanos llevamos tatuados el dolor y la penuria en nuestro ADN. Pocas respuestas puedo encontrar más coherentes después de comerme las uñas en 83 minutos de partido.

¿El comienzo del fin?

El ambiente festivo pareció pesar más en los locales que en los visitantes, EU se paró bien atrás con sus dos líneas de 4 atrás y con una pareja complementaria de atacantes en la cual Ching sería el distractor y Davies el corredor. Y así empezó, el talento-casero, eso sí- de Donovan volvió a aparecer para castigar las espaldas de Efraín Juárez. Davies, un portento físico de la naturaleza, enfrentó y venció a Ochoa. 0-1 y regreso de los fantasmas, las pesadillas más horrorosas empezaron a materializarse en el santuario mexicano. La gente muda sin saber qué hacer, los medios incapaces de asumir la crónica viendo cómo el dinero se esfumaba y todo el planeta futbolístico mexicano convulsionando. Todo el universo se venía abajo, asombrosamente, la fortaleza mental del equipo de Aguirre, aguantó como Atlas sosteniendo el mundo, y en vez de descarrilarse en anárquicos ataques, se buscó a sí mismo, privó la salida del rival y copó el mediocampo. Adelantaron líneas y con Blanco fungiendo como orquestador empezó el mareo verde. Toque horizontal seguido de cambios de juego, Guardado pese a no andar fino, constantemente enfrentaba uno a uno a su pareja y creaba situaciones de beneficio a México.

Llegó el empate, quizá de la forma más inesperada: tiro de lejos de Castro, bombazo que derrotó a un adelantado Howard. México rompía ese yugo hipnótico que en la última década habían forzado los norteamericanos. Y lo hacía de una forma atípica en el juego mexicano. México vivió sus mejores momentos, jugaba por el centro con Franco fijando a Onyewu, Blanco y Dos Santos moviéndose entre líneas y Guardado y Juárez buscando amplitud y sobre todo profundidad. Los fantasmas se retiraban uno a uno, disfrazándose y escondiéndose para salir cuando tocara. Fin del primer tiempo. EUA salía vivo.

El segundo tiempo empezó y parecía tomar una dirección difícil. México perdía control y EUA ganaba fortaleza y aire. Aguirre sacó a Blanco para darle entrada al revolucionario Vela, buscando emular lo hecho en New York. Pero Blanco no es Medina. México siguió perdiendo toques y con el segundo cambio, Castillo por Guardado, el murmullo de la gente evocaba el cambio fatídico en el Mundial '02 que sentenció el partido a favor de los güeros.

El balón corría en un exceso de piernas, toques de más y EUA empezaba a generar peligro. Franco ya no podía y Aguirre tardaba, la selección azteca perdía fuelle y la gringa ganaba confianza. Un 1-1 gris sería un fracaso por todo lo alto. Ni Castillo ni Vela demostraron desequilibrio y nadie tomaba la batuta. Entró Sabah por Franco al '76.

Al '83 llegaría el gol, cuando la gente perdía la fé y se empezaba a escuchar las hirientes palabras de Donovan. Juárez, vivió en carne viva las similitudes del fútbol con la vida, inició una galopada, en velocidad derrotó a Donovan y justo cuando Onyewu llegaba a la cobertura barrió y sacó la diágonal de la muerte, en este caso de la vida. Sabah recogió el balón y sin pensar sacó un disparo arriba que venció por segunda ocasión a Howard.

2-1. Se había completado la hazaña. Darle la vuelta al marcador favorito de los EUA, el público en el Azteca y cada bar del país tembló y se fundió en un abrazo sin igual. México recuperaba su nombre y a sus hombres. México volvía a ser aquel equipo simple de antaño.

USA jugó a lo que pudo, a encerrarse, a tapar salidas y a esperar el error. Lo ha hecho de siempre. Lo único que cambió fue que México le perdió el miedo, se quitó las cadenas mentales y lo desarboló, eso sí, sufriendo como todo buen mexicano.

jueves, 7 de mayo de 2009

La estética sí sirve...

Será que mi bisabuela era originaria de la profunda Aragón, esa parte de España donde el lenguaje es más cercano al catalán que al propio español. Y así, desde que tengo uso de razón, soy culé declarado. Ya con el paso del tiempo, me he hecho aún más apasionado de todo lo que tenga que ver con el club catalán. Y razones me sobran, pero creo, o más bien supongo que cuando uno elige a un equipo, se elige a sí mismo representado en un colectivo. Y así, el Fútbol Club Barcelona representa mucho de mi persona.

Y es que el FCB, el autodenominado Més que un Club, es en realidad eso: Más que un club. Su impacto abarca mucho, pero mucho más que lo meramente deportivo. En sus espaldas carga una de las luchas de identidad más tensas del planeta, y en palabras del gentleman Sir Bobby Robson, quien alguna vez dirigiera al equipo, el FCB es el verdadero ejército de Catalunya. Y no es que me guste mezclar política con fútbol, pero en este caso es una cuestión inherente y decisiva. Y es parte de la historia del club.

La venida del Mesías

El Club catalán tiene un antes y un después de la llegada del holandés Johan Cruijff. Llegó como jugador en la década de los 70's, donde consiguió una Liga. Pero su gran aporte fue como Director Técnico. Juntó a uno de los equipos más grandes que se ha visto, el llamdo Dream Team, un equipo ofensivo que avasallaba a sus rivales con un fútbol de posesión ad aeternum, y que era un gozo para todos los que se preciaban de ser seguidores del fútbol. Pero eso no fue todo, el cambio más significativo se dió en la afición culé. Llorones y segundones por antonomasia, viviendo y quejándose del régimen franquista que les robaba las copas, o culpando a la Diosa suerte.Pero el equipo de Cruijff cambió la historia y los acostumbró a ganar.

Hoy en día, decir Barcelona es decir fútbol, porque en 20 años han tenido tres equipos históricos: El ya mencionado Dream Team de Cruijff, el mágico equipo de Ronaldinho y compañia y el actual, el equipo dirigido por Josep Guardiola.

Tres equipos que harán historias, tres épocas distintas, pero una sola idea: premiar la estética sobre lo burdo, demostrarle al mundo que se puede ganar siendo los mejores, quitarle la benda de los ojos a la justicia y hacer que ella participe en el premio al mejor. Esa es la misión de este club, único en el mundo del balón. Con un modelo ya definido y que es el respeto, la caballerosidad y sobre todo el querer ser los mejores a base de poesía, de ilusiones y realidades que se mezclan en un campo de 100 metros de largo a través de 90 minutos que desearían no terminar. Y puede que no siempre les salga, pero este equipo ya ha dignificado un deporte que abusaba de la racanería y de la manida excusa del resultadismo.

Estamos en un mes que será histórico, tenemos ante nuestros ojos a un equipo que aún sin ganar un título es ya considerado-por juego al menos- el mejor de la historia. Y esto sólo es posible gracias a una entidad consciente de sí y que prima la estética sobre la ética postmoderna.